Bernardo Gutiérrez Parra
El miércoles 12 de octubre del 2016 nada tuvo que ver con Cristóbal Colón, ni con el descubrimiento de América, ni con el Día de la Raza, ni con las manifestaciones reclamos y pintas que durante los últimos años realizan grupos de descontentos por aquello de la hispanidad. Al menos no en Veracruz.

El Día de la Raza de hace cuatro años, los veracruzanos nos desayunamos con la noticia de que Javier Duarte de Ochoa, pediría permiso al Congreso local para dejar la gubernatura y “hacer frente a las calumnias” en su contra.

“Es una decisión personal que asumo con responsabilidad”, le dijo al periodista Carlos Loret de Mola que le preguntó: “¿Va usted a huir?”

-Por supuesto que no; me quedo en Veracruz. No es un tema de huir, es al revés, es para dar la cara y me permita a mi como persona atender estas infamias, estas calumnias, estas denuncias que no tienen sustento y de esta manera dejar todo totalmente claro.

-¿Tiene miedo?

-No, tengo la conciencia tranquila.

-¿No tiene miedo de terminar en el bote?

-Por supuesto que no. El que nada debe nada teme. No he hecho nada de lo que me pueda sentir avergonzado. No he hecho nada de lo que me pueda sentir temeroso, tengo la conciencia totalmente tranquila y por eso es que estoy haciendo lo que estoy haciendo, para enfrentar este tipo de situaciones y circunstancias.

Duarte se iba dejando un estado con una deuda global de 170 mil millones de pesos que negó ante el periodista, al asegurar que “sólo” era de 40 mil millones.

También se fue dejando un adeudo a la Universidad Veracruzana por 2 mil 300 millones de pesos y un reguero de 938 cadáveres (hasta entonces no vistos en Veracruz) por homicidio doloso en sus últimos dos años de gobierno. Además, 627 desapariciones en su sexenio.

Tras negar que tuviera cuentas bancarias o propiedades en el extranjero, Duarte se tuvo que tragar el último sapo que le sirvió Carlos Loret; 35 mil millones de pesos que no aparecían (y siguen sin aparecer), correspondientes a las cuentas públicas del 2011 al 2014.

-Pero usted sabe dónde está ese dinero- le dijo el periodista.

-¡Por supuesto que no! Lo que si te puedo decir de manera categórica es que el gobernador Javier Duarte no ha tocado ni un solo centavo de esos 35 mil millones de pesos.

Inocente el hombre…

Como también se declaró inocente de las 53 denuncias penales que le hizo la Auditoría Superior de la Federación a cargo de Juan Manuel Portal; inocente de 4 mil 770 millones de pesos por simulación de reintegros e inocente de 18 mil millones desviados a empresas fantasma.

Cargado de inocencia Javier Duarte llegó por la tarde a Xalapa y fue directo a Palacio de Gobierno donde el equipo de Comunicación Social tenía dispuestos cámaras, grabadoras, micrófonos y reporteros para su despedida final.

Contra lo que se suponía llegó tranquilo y hasta bromista. Nada que ver con la ansiedad y el mal humor que cargó las dos últimas semanas. Y sobre todo, con la depresión y los ataques de angustia que sufría en Casa Veracruz. Y es que el martes por la noche el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong le había asegurado impunidad.

Una vez que leyó su mensaje dejó su escritorio para despedirse de los presentes. Y quizá la nostalgia le golpeó el rostro y el alma al darse cuenta que quienes se decían sus amigos, amigos del alma, brillaron por su ausencia.

Solo uno, Alberto Silva Ramos, hasta ese día Coordinador de Comunicación Social, se le acercó y le preguntó: “¿Qué va a pasar conmigo?”

Javier lo miró a los ojos, sonrió levemente y le contestó: “No lo sé, yo ya me fui”.

A grandes zancadas abandonó la que fue su oficina, bajó al estacionamiento donde su chofer lo esperaba, subió a su camioneta y en efecto… se fue.

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