Bernardo Gutiérrez Parra
Las multitudes, el gentío que lo recibía en la entidad en sus primeras visitas como Presidente de la República se ha ido diluyendo. Atrás están quedando la alharaca y las matracas, los abrazos y los ramos de flores, la música y el templete colmado de seguidores; tantito por la pandemia, pero también tantito por la indiferencia ciudadana a la que ya le importa un pito si viene o no viene López Obrador a Veracruz.

Esta vez en Xalapa lo recibieron dos grupos; uno de habitantes de Coatepec que exigen su intervención para desactivar una invasión de tierras que está afectando sus bosques. Y otro de miembros de la comunidad LGBT que piden alto a los crímenes de odio.

A nadie hizo caso Andrés Manuel que llegó al Museo Interactivo de Xalapa (llamado ahora Kaná de Ciencia y Tecnología) a seguirle picando la cresta a los veracruzanos con sus elogios a uno de los gobernadores peor calificados del país. “Cuitláhuac nos aligera mucho la carga, nos ayuda mucho porque es un hombre trabajador, con convicciones y honesto. Es el gobernador que tanta falta nos hacía en Veracruz. Es muy satisfactorio poder trabajar, convivir con él, porque es un hombre honesto y eso lo celebro”.

Para su fortuna el evento fue a puerta cerrada, de lo contrario, habría escuchado una sonora estridencia de epítetos maternos; muestra fehaciente de la estima que le tienen los veracruzanos a su gobernador.

Así como en anteriores ocasiones no vino a inaugurar nada, López Obrador aprovechó el viaje para cantar favores al destacar que con motivo de la pandemia se entregaron 111 mil créditos a pequeñas empresas lo que representó una derrama de 2 mil 800 millones de pesos.

¿De dónde sacó ese dato? El apoyo a Veracruz fue selectivo y mínimo; nunca llegó a ese número de empresas. Una somera investigación bastará para mostrar que miles de esos microcréditos se atoraron en las bolsas de la burocracia de la 4T y jamás llegaron a sus destinatarios. Pero eso se verá después y no en este sexenio.

A la salida del Museo Kaná los manifestantes de Coatepec se arremolinaron a los costados de la Suburban presidencial. “Señor Presidente los malos gobiernos están fraccionando y destruyendo nuestros bosques, ayúdenos… Los bosques no se venden, señor Presidente…”.

Una niña se puso frente a la camioneta que circulaba a vuelta de rueda pero fue retirada. La gente lanzaba consignas, la camioneta avanzaba, López Obrador saludaba con una media sonrisa que trataba de ocultar su fastidio. De pronto, se escuchó como trueno la voz grave de una mujer: ¡A qué veniste jijo de la chingada si no te quieren!

En ese momento se abrió un espacio por el que pasó la camioneta que enfiló a toda velocidad rumbo a la autopista a Veracruz.

Pero López Obrador iba herido, herido en su orgullo. Nunca nadie le había espetado tan de cerca un escarnio de esa naturaleza. Nunca nadie lo había enfrentado con esa intensidad y casi casi en su cara.

Más o menos recuperado dijo en el puerto jarocho otra kilométrica mentira: “Ya no hay una convivencia perversa entre la delincuencia y las autoridades”, cuando es vox pópuli que la delincuencia tiene rato que tomó por asalto a Veracruz ante la complacencia perversa de las autoridades.

En medio de su perorata donde dijo que su administración seguirá hacia la Cuarta Transformación de México donde no habrá corrupción, injusticias ni privilegios, lanzó la amenaza: “Somos muy perseverantes, muy tercos, necios en el buen sentido de la palabra. Por eso que se preparen los conservadores, que se preparen nuestros opositores porque no vamos a dar tregua, ni un paso atrás, ni siquiera para tomar impulso”.

Hasta el más inocente tomó estas palabras como un claro mensaje de que meterá (de hecho ya las está metiendo) las manos en el proceso electoral del 2021, lo que acarreará consecuencias graves para el país.

A las tres de la tarde de este domingo concluyó en Córdoba su visita de 24 horas a Veracruz y la Suburban presidencial enfiló rumbo a la Ciudad de México.

No hubo vallas con manos extendidas queriendo saludarlo, tampoco discursos retóricos ni grandilocuentes y menos carteles con los consabidos mensajes: “Gracias Señor Presidente” “Buen viaje Señor Presidente” “Vuelva pronto Señor Presidente” “Veracruz es su casa Señor Presidente”.

Nada, López Obrador salió de la entidad en medio de reclamos por un lado y de indiferencia total por el otro.

Pero iba herido. Nunca imaginó que en Veracruz, su querido Veracruz por el que no ha hecho nada digno de contar, una mujer saliera de la nada para gritarle lo que le gritó casi en su cara.

Quizá en su fuero interno se fue pensando si no hubiera sido mejor seguir siendo opositor que Presidente. Al menos en ese entonces tenía más pegue, más arrastre, más popularidad, más credibilidad y sobre todo el respeto de esta bola de ingratos que no saben apreciar el esfuerzo que hace todos los días por llevar al país hacia donde lo está llevando.

Caterva de malagradecidos.

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